Que Elena Salgado, la segunda vicepresidenta del Gobierno y ministra de Economía, no haya triunfado al presentar los Presupuestos Generales del Estado para 2010 no anula su capacidad de generar riqueza, tan abundante que ni siquiera se acuerda de declarar la suya propia, como su piso en Niza.
Esperanza Aguirre debería haber debatido con Salgado, para ver si se atrevían, la vicepresidenta y Leire Pajín, a llamarle machista, como a Mariano Rajoy por acusar a Zapatero de ser él, y no Salgado, quien elabora los presupuestos.
Nadie se imagina a Aguirre llamándole machista a sus contendientes varones. Por el contrario, qué afición tienen algunas mujeres a acusar de machismo a quien les señala sus incapacidades.
Todo, recordando que Elena Salgado tiene un curriculum académico más brillante que la presidenta de Madrid, solamente licenciada en Derecho.
La vicepresidenta, a quien se parecerá Michelle Pfeiffer cuando alcance sus 60 años de edad –observación machista del cronista--, es economista e ingeniera industrial.
Salgado fue la responsable de la reforma del Teatro Real madrileño, obra que multiplicó escandalosamente su coste, pero ese monumento para grandes orquestas, ópera y ballet, quedó grandioso.
Algo así podría pasar con España gracias a estos presupuestos que multiplicarán la deuda por varios enteros. Que no se dedican a un teatro para 1.746 espectadores, sino a un país con 46 millones de habitantes: las calles españolas quedarán magníficas, pero los ciudadanos tendrán que emigrar al extranjero, igual que cuando eran paupérrimos.
Como a Salgado la acusarán de mala administradora, y no a Zapatero, ella, Pajín y otras mujeres en el poder, dirán que esas imputaciones son machistas, incluso aunque vengan de otra mujer, como Aguirre.
A los demás siempre nos quedará París…, o Niza: como servicio doméstico en casas de exvicepresidentas.