Si se le busca algún parecido la conducta del exsoldado neonazi Josué Estébanez, que mató en el metro de Madrid de una cuchillada en el corazón al Carlos Palomino, de 16 años, se encontrará a ETA.
La condena de 19 años de cárcel por el asesinato, con el agravante de “discriminación ideológica”, más seis años por intento de homicidio de otro antisistema que intentó desarmarlo, parece injusta por demasiado corta.
Veintiséis años de cárcel son pocos para quien le quita la vida a un ser humano y hiere a otro, sin que, simultáneamente, deban considerarse héroes al asesinado y al herido, que es lo que hacen la mayoría de los medios informativos para demostrar su antifascismo.
Oriana Fallaci, la fallecida gran periodista, había descubierto que hay dos clases de fascistas, los fascistas y los antifascistas.
Y los antifascistas que iban a reventar una manifestación fascista el 11 de noviembre de 2007 y que se encontraron a un solitario, pero preparado para matar, Josué Estébanez, no eran santos ni héroes.
Eran gente que también agrede –de hecho, Palomino provocó a Estébanez--, y aunque mate menos, frecuentemente apoya a cualquier violento supuestamente progresista sin importarle su orientación, incluyendo a militantes de ETA. Ha ocurrido en numerosas ocasiones.
Las fotos de Palomino en un blog antisistema, ya retiradas, aunque se conservan en otros lugares, naturalmente de sus enemigos, muestran su estética neonazi, disfrazada de antinazi.
Lo que lleva al caso de los otros nazis, los de ETA, y al agravante de “discriminación ideológica” que nunca se les aplicó.
Cuando ETA mata lo hace, entre otras, por igual razón que Estébanez, por lo que sería pertinente aplicarle la misma doctrina, a ver si cada condena llega a los 30 años, lo mínimo que merecería el asesino de Palomino.