Thomas, un suizo de 22 años, estuvo durante seis meses grabando con una cámara su propia evolución hasta suicidarse pegándose un tiro tras ser rechazado por una joven realizadora de televisión que, finalmente, hizo el programa sobre su camino hacia la muerte.
El reportaje, titulado Taboú, se exhibió en una cadena suiza, y después, Orane Burri, la realizadora, y la familia de Thomas, participaron en un debate sobre este y otros suicidios de quienes no sufren graves problemas vitales.
Este caso es simbólico, una alegoría sobre una autodestrucción parecida: la de la Europa que conocemos, cuya decreciente tasa de natalidad e implacable camino hacia la muerte voluntaria dejan un hueco que van ocupando culturas ajenas a su tradición racionalista, y con una natalidad que triplica la de este conjunto suicida.
Suiza, que glorificaba las costumbres religiosas que imponían tener tantos hijos como la mujer pudiera, parece un ejemplo, como el de Thomas, de este continente que ha abandonado la idea de multiplicarse, y que va retratando diariamente en los medios informativos su camino hacia la desaparición.
Suiza, donde nació Rousseau, es el paradigma de esta Europa ilustrada y unida al judeocristianismo que ha agotado sus vientres matrices.
Y España, más aún: cada pareja tiene 1,2 hijos, lo que supone su extinción étnico-cultural, quizás antes del fin del siglo, sin protesta alguna de Greenpeace y similares conservacionistas.
Sea por el trabajo que hace molesta la gravidez, sea por el aborto o las píldoras que evitan embarazos, España y Europa sólo crean viejos. Lo divulgan las televisiones, como Thomas, pero nadie se inmuta.
El pensamiento libre e ilustrado europeo se muere. Aunque crece por China y Corea del Sur, donde incluso comienza a renovarse el pensamiento judeocrisniano y se hereda el cristianismo, al están convirtiéndose decenas de millares de de pobladores cada día.
El futuro de occidente está en el extremo oriente, mientras Europa, inevitablemente, será musulmana.