Todos los comunistas deberían ver la película recién estrenada Katyn, del gran director Andrzej Wajda, hijo de uno de los 22.000 oficiales del ejército polaco asesinados a tiros en la nuca por los soviéticos tras el acuerdo Hitler-Stalin para repartirse Europa.
Ambos genocidas se hubieran quedado con el continente, pero sus ambiciones chocaron enseguida en la II Guerra Mundial, al margen de la participación de los Aliados.
La ideología nazi ensalzaba a un pueblo como superior a los demás y exigía deshacerse de quienes secretamente creía superiores, los judíos, o molestos, los gitanos.
La otra ideología era la de resentimiento, la del odio de clases, con doctrinarios manejando a las masas para que destruyeran a los de mejor situación económica, cultural, o de mayor creatividad y libertad de pensamiento.
Todos los comunistas deberían aceptar su sangrienta historia: sus inspiradores, los soviéticos, hicieron con los polacos lo que no se atrevieron a cometer los nazis, que incineraban a seis millones de judíos por su oculto complejo de inferioridad, pero que trataban mejor a otros pueblos al usarlos como siervos –eslavos--, no como competidores.
Los nazis entraron en septiembre de 1939 en Polonia y derrotaron a parte del ejército del país, cuyos remanentes fueron cercados dos semanas después por el Ejército Rojo siguiendo el reparto acordado por los dos regímenes.
Gran parte de Europa, pues, y con excepción de los judíos, recuerda que hasta 1990 los soviéticos oprimieron y asesinaron mucho más que los nazis.
Gorbachov admitió la verdad sobre Katyn cuando caía la URSS. Santiago Carrillo, que con tantos comunistas españoles fueron dirigentes del lado soviético, la conocía, igual que la de Paracuellos, como afirman numerosos demócratas que sufrieron en los países comunistas.
Para esas víctimas, ser comunista es peor que a ser nazi: esa es la razón del anticomunismo radical de tantos centroeuropeos, como los polacos o los checos.