Es comprensible que los independentistas catalanes, gallegos o vascos rechacen asistir a los actos que glorifican España como nación con historia, y que muestran como símbolo su bandera, aprobada en 1785 por el rey ilustrado Carlos III.
Si a eso se añade que la fiesta es el 12 de octubre, aniversario de la llegada de Colón a América, la de la Hispanidad, y que estos independentistas quieran negar el colonialismo de sus antepasados conquistadores, se entiende más aún esa ausencia.
Pero choca que el principal representante del PSOE, partido por el que es presidente de la Generalitat y representante del Estado en Cataluña, el andaluz José Montilla, anuncie que no asistirá por segunda vez consecutiva a los actos estatales del 12 de octubre. Como si fuera otro independentista.
Mientras, el Gobierno vasco, presidido por otro socialista, pero con apoyo del PP, lo hace por primera vez.
Montilla, exministro de España y dirigente de un partido estatal, aunque obnubilado por el culto a la personalidad hacia Rodríguez Z., es líder del PSC, rama catalana del PSOE, dependiente del independentismo de ERC para gobernar la Generalitat.
Obligado por esta necesidad, Montilla se coloca con fervor patriótico tras la bandera catalana, y a veces no rechaza la estelada que los independentistas le plantan a su lado. Pero no hace igual con la española.
Las banderas, aunque para el racionalismo sean sólo trapos de colores, provocan la emotividad de las masas y estimulan el nacimiento de lo bueno y de lo malo de las naciones.
Montilla reniega, pues, de lo español, mientras muestra sólo amor entrañable a lo catalán.
Negación de si mismo, de su origen y de su nación: el electorado español debería reflexionar sobre el partido de Montilla, quien no tiene un problema sicológico, sino que está creándose otra nacionalidad.