La policía francesa acaba de detener a dos hermanos argelinos, uno de ellos físico del Centro de Estudios e Investigación Nuclear (CERN) europeo, que espiaban para la rama de Al-Qaeda en el Magreb.
Hubo antes científicos paquistaníes que entregaron o vendieron secretos nucleares a fanáticos musulmanes, pero hasta ahora teníamos pocas noticias de investigadores de alto nivel de esa religión que, trabajando en países laicos, aunque de cultura judeocristiana, sirvieran al extremismo religioso más enloquecido.
En pocos años ha cambiado enormemente el mundo. Novelas y cine sobre el agente 007, los espías que vinieron del frío y ese enfrentamiento de occidente y el comunismo para robar los secretos militares que permitirían apoderarse del planeta, deberán sustituirse por obras sobre occidente frente a los extremistas que traen mayor fe, odio y pasión de dominio sobre el planeta del que nunca tuvieron Lenin, Stalin o Mao Zedong.
Habrá libros y películas sobre espías islamistas infiltrados entre las élites de los científicos nucleares europeos, americanos, incluso chinos, e historias sobre cómo penetran en el mundo islamista, hasta el corazón de Al-Qaeda o de los Hermanos Musulmanes, agentes occidentales que se harán pasar por fervorosos islamistas.
Si el gran narrador de las historias de espionaje entre comunistas y capitalistas fue John le Carré, descubriremos autores como G.H. Guarch (“En el nombre de Dios”, Ed. Almuzara), que narran cómo espían los occidentales para protegerse del terrorismo, y los islamistas para imponerlo. La razón, defendiéndose, y la fe más radical y desmedida, atacando, segura de su victoria.
En el pasado los soviéticos asesinaron a numerosos espías occidentales, y en occidente aún se recuerda la ejecución en 1953 del matrimonio estadounidense Ethel y Julius Rosenberg por revelarle secretos científicos a los soviéticos que les permitieron fabricar sus bombas nucleares.