La calidad de la sanidad española ha caido tanto que está ahora a la altura de los países excomunistas. Exactamente, a la de Hungría, en el puesto 22 de una treintena europeos, según un estudio avalado por la UE.
Una sanidad que va a la ruina, sobre todo, al tener que atender a millones de personas que nunca cotizaron.
La educación está en los últimos lugares de la OCDE, y el FMI afirma que España sólo volverá a crecer en 2014, cuando se pondrá como en 2008.
Además, está derrumbándose el sistema de protección social del que más presumían las fuerzas políticas: las pensiones, también según la UE, corren peligro de bancarrota. Definitivamente, las únicas cifras españolas que son superiores a las de otros países son las del paro.
Ahora aparece un estudio de la universidad Pompeu Fabra para Caja Duero según el cual los marcadores de servicios sociales están aquí en 5.162 euros por persona, cuando la media de los Quince de la UE, antes de la ampliación a 27, alcanzaba ya los 7.277.
Son euros estandarizados, que equiparan el poder de compra entre todos los países. Grecia o Irlanda, que en 1996 estaban en peor posición que España, ya la han superado, según estos datos.
Sufrimos un desmoronamiento general. Los presupuestos para la inversión productiva se van en pagar el paro generando así un sistema parasitario e improductivo. Y la gran promesa zapateril de cambiar ladrillos por investigación ha quedado truncada: ni ladrillos, ni investigación, cuya inversión se reduce en 2010 más del veinte por ciento.
No casualmente, el sabio Mariano Barbacid presentaba su dimisión como director del único centro español de investigación del cáncer que era puntero en el mundo.
No es una anécdota: menos al fútbol, este país pierde en todo.