Manuel Zelaya, el destituido presidente de Honduras, macho bigotudo bajo un Stetson, con camisa blanca y chaleco de patrón estanciero, ratifica la humillante imagen tópica de Centroamérica como tierra de tipos enloquecidos, sólo tranquilos cuando sestean bajo un árbol.
Ese hombretón que es Zelaya, refugiado ahora en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, aparece en una foto echándose la siesta estirado junto a una pared blancuzca, sobre un sillón y una silla en la que descansan sus largas piernas.
Su sombrero Stetson modelo Western Trow, creado para los cowboys, le tapa el rostro. Chaleco abierto, camisa blanca, manos sobre el vientre, ancho cinturón vaquero, dan una imagen peliculera en la que sólo se echan en falta canana y revólver.
En la pared, un mapa de Brasil adherido con chinchetas, y al pie una bandera y el ventilador de los trópicos para estancias ardientes.
La escena del expresidente en la legación brasileña y la de sus seguidores en las calles, no muchos, saqueando tiendas y enfrentándose a la policía, son iconos del tipismo que, con la droga, la corrupción, las maras y la pobreza, mantienen la imagen de Centroamérica.
Ya despierto, dice que el Gobierno actual le envía radiofrecuencias para enloquecerlo a través de comandos israelíes y que quieren forzarlo a suicidarse: realismo mágico para una gran novela.
Pero Centroamérica tiene otras gentes con un caudal humano, profesional y creativo que se sitúa frecuentemente en las mejores universidades y librerías del mundo, pero de eso casi nunca hablamos.
Este Zelaya compadre, campero latifundista y alucinado contrasta con el más elegante, estirado y racional Roberto Micheletti, el presidente que lo sustituyó.
Ambos políticos representan la fusión de locura y razón de dos entornos mezclados entre los que viven los 7,5 millones de hondureños.