Por fin un representante de la negritud, el presidente del país más poderoso del planeta, ha proclamado una idea que, dicha por un blanco, se consideraría un insulto racista: la pobreza actual de África no puede atribuirse ya al colonialismo, sino a la corrupción y a las dictaduras que provocan guerras y miseria en todo el continente.
Ni siquiera en EE.UU. es políticamente correcto decir que la pobreza de muchos de sus propios negros se debe a un folclorismo hedonista y al rechazo a los valores que Obama propone en África, basados en el esfuerzo, el estudio, la honradez y la competitividad.
Esas ideas las defienden otros negros ilustres pero minoritarios, como el economista, antropólogo y filósofo Thomas Sowell, una de las mentes estadounidenses más preclaras, o el doctor en Humanidades y genial comediante Bill Cosby.
Pero la corriente principal negra, como la del que fue pastor durante veinte años del propio Obama, el reverendo Jeremiah Wright, culpa a los blancos de sus males actuales, incluso cuando las leyes de acción afirmativa –ahora revisadas por el Tribunal Supremo-- discriminaron negativamente en estudios y trabajo a muchos blancos.
Obama ha dicho en Ghana que toda África debería imitar a este país porque tiene una democracia estable y parece luchar contra la corrupción y la violencia endémicas tan del continente.
Recordó que cuando su padre kenyata fue a EE.UU., hace medio siglo, el Producto Interior Bruto de su país era superior al de Corea del Sur.
¿Qué ha pasado?, se preguntó, y se contestó que la pobreza de Kenya se debe a que, al contrario que Corea, carece de instituciones transparentes y eficaces, y de una ética del trabajo.
Un discurso que debería repetírselo en EE.UU. a Wright y a los habitantes de los guetos autoimpuestos.