El caso de Cristiano Ronaldo y los 96 millones de euros que pagó el Real Madrid por ficharlo recuerda los años del hambre, durante la postguerra civil española, cuando muchas familias se planteaban un dilema: “¿Cine o cena?”.
Con el estómago vacío muchas elegían ver, por ejemplo, a Clark Gable y a Lana Turner en “Quiero a ese hombre”.
Aquella decisión era casi la única democrática que podía tomarse entonces. Y en los silencios entre diálogos el cine parecía un charco de ranas por los ruidos de tripas vacías, cuentan quienes conocieron aquellas situaciones.
Ahora, el purismo beateril reaccionario y el políticamente correcto progre, que son iguales, se escandalizan con este gasto del Real Madrid, al que se añade el de unos 70 millones de euros por otro fichaje, el brasileño Kaká.
Hacen comparaciones sobre el número de hospitales que podrían construirse o de comidas que podrían darse con ese dinero. Una desmesura: el traspaso de ambos pagaría a 13.333 mileuristas durante un año entero, por ejemplo.
Claro que nadie abona un céntimo por ver trabajar a esos 13.333 mileuristas, y menos por observar a su equivalente bien pagado de 4.000 liberados sindicales vagueando todo un año para aparecer cada 1 de mayo en la Demostración Sindical en honor de Rodríguez Z., como hacían en el Bernabéu para el Caudillo.
De los 4,5 millones de parados españoles seguramente un millón olvida sus tripas ante la promesa de que verá a Ronaldo y Kaká, sus Clark Gable del presente, jugando en el equipo de sus amores.
Necesitan nuevos tótem, y tienen uno religiosamente llamado Cristiano y otro, Kaká, que quiere ser predicador cristiano cuando abandone el fútbol: el nuevo Madrid ha salido muy espiritual y pone en hornacinas a estos santos.