Caramelo es una reconocida marca de ropa que podría desaparecer afectada por la crisis económica, pero también porque muchos de sus trabajadores actuaron violentamente destruyendo bienes de su propia fábrica en una huelga suicida.
El mercado textil está paralizado y la situación se agrava porque esta empresa coruñesa no hizo lo que su vecina Inditex, matriz de Zara: llevar el grueso de la producción hacia países de mano de obra batata y mantener en su central la comercialización y la investigación, desarrollo e innovación (i+d+i).
Quizás por paternalismo con sus empleados, Caramelo mantuvo la maoría de la producción en España, donde los sindicatos viven una inusual calma, dada su dependencia del Gobierno; pero en el País Vasco y Galicia los sindicatos nacionalistas plantean reivindicaciones violentamente, como en el caso de esta textil.
O el de las también destructivas huelgas actuales del metal, en Vigo, donde impiden trabajar a los obreros de Citröen, que ven peligrar su fábrica.
Son sindicalismos locales obcecados, sin perspectiva. Creen vivir en los siglos XIX y XX, cuando los obreros convocaban paros con los que obtenían beneficios porque los aranceles y las dificultades del transporte eliminaban la competencia.
Pero el siglo XXI es el de la globalización. Lo que se fabrica en Galicia, Euskadi o los Seat de Barcelona se producen en China o la India a precios muy inferiores.
Las marcas ya acreditadas podrían sobrevivir, pero quizás la violencia de los huelguistas y su localismo hagan que los empresarios se lleven incluso el i+d+i también a China o India, lugares con tradición de inventiva: allí nacieron el papel, la pólvora, la seda, el número cero.
La corrección política dice que los pobres son cada día más pobres, y occidente más rico. Falso: nos equilibraremos, porque nosotros perdemos mientra ellos ganan.