Dicen los críticos que Eduardo Arroyo es un grande de la pintura y de la escultura españolas, pero debe añadirse que también es un escritor de talento que retrata con trazos sinceros y coloristas el franquismo, del que huyó al exilio, y la democracia, ahogada por la izquierda a la que perteneció, y que analiza ahora con dureza.
“Eduardo Arroyo: Minuta para un testamento. Memorias”, (Taurus), es una autobiografía arrolladora con la historia de un artista nacido en 1937, en plena guerra en Madrid, de familia acomodada, periodista vocacional y pintor autodidacta que despliega su arte y personalidad en París, donde se vuelve sumamente cotizado.
Es la historia de un ilustrado inocente y agnóstico, además de cosmopolita y sarcástico, especialmente cuando describe su desengaño con la izquierda de la que fue un pilar testimonial y económico durante su exilio. Hoy es, simplemente, un liberal.
Su Minuta va en paralelo con otra Minuta inspiradora, escrita por Gumersindo de Azcárate (1840-1917), miembro de la Institución Libre de la Enseñanza, y antepasado de su mujer, Isabel de Azcárate, a la que dedica el libro.
La España del franquismo, timorata y opresora, está aquí tan viva que las letras parecen sus cuadros de payasos ridiculizando al dictador y a su corte. Pero también retrata a sus antes admirados Pasionaria y Carrillo, como seres siniestros, fanáticos y despiadados.
En paseos literarios previos Arroyo había escrito una historia sobre Panamá Al Brown, boxeador de vida fascinante, incluso para quienes detestan los cuadriláteros.
Y con su literatura, a veces boxística porque te golpea, Arroyo se muestra medio noqueado e impotente cuando tiene que escribir: “¿Cómo defenderse ante el atropello constante, ante el acoso político bienpensante disfrazado de pseudoprogresismo?”.
Poco hay más arrollador que seis décadas de la historia de España contadas por Arroyo.