Clint Eastwood es algo más que un trabajador retirado blanco y americano en su última película, “Gran Torino”: es el retratista de su país, de la decadencia de la “American way of life”, y de la aparición de un nuevo mundo mestizo, quizás enriquecedor, pero también violento.
Es el western del futuro y epitafio del actual EE.UU., obra del director y actor que mejor representa el espíritu estadounidense, su heroica brutalidad guerrera, dura ternura y voluntad anglosajona: es el desconcierto ante la mutación del país amado.
El “Gran Torino”, es un modelo de coche Ford. Un clásico de los primeros 1970 que conserva el polaco Kowalsky que interpreta Eastwood, y que una banda de delincuentes orientales quiere robarle.
Él había trabajado montándolo. Con motores de hasta siete litros, mostraba el poderío industrial a orillas de los Grandes Lagos, de donde salió Barack Obama.
Hoy, Ford y sus hermanas de Detroit parecen arruinarse, y no porque no sepan hacer coches eficientes, porque los utilitarios fabricados en Europa o Asia son en gran parte suyos: es que muchos estadounidenses no parecen adaptarse al mundo empequeñecido.
Lo que muere retratado por Eastwood es la forma tradicional de entender la vida, con sus valores fronterizos, desconfianza en el Gobierno, culto a la individualidad y moral de cowboy, heredera a su manera de la del caballero andante.
Eastwood-Kowalsky es Harry el Sucio ya viejo. No policía, sino el exobrero que ve cómo su antigua fábrica, su mundo, cultura y valores individualistas van disolviéndose, abandonados incluso por sus propios hijos.
Y quiere contagiárselos a los inmigrantes, atentos a la elección, asiáticos, no africanos ni latinos; aunque los desprecia, serán los nuevos americanos.
Es el país tradicional que desaparece. George W. Bush sustituido por un no europeo ni anglosajón, Barack Obama. EE.UU. reencarnándose quizás por última vez.