La primera tortura que denunciaron los talibanes encarcelados en Guantánamo no fue la de maltrato físico, sino la que les infligían las mujeres soldado estadounidenses que en cuanto no tenían jefes que las vigilaran bailaban desnudas ante ellos para que pecaran y, sintiéndose impuros, se vieran en el infierno y no en el paraíso con sus 72 huríes.
Esos tipos que humillaban, golpeaban y asesinaban masivamente mujeres y niñas porque sabían leer, no tenían a su lado un varón protector o no se ponían bajo la cárcel del burka, gritaban enervados e histéricos al ver el cuerpo descubierto de las soldados.
Era una tortura que entonces aplaudían muchas feministas: la revancha de la mujer dominante frente al macho más brutal y odioso, detenido precisamente porque luchaba como jihadista para imponer su sociedad en el resto del mundo.
Los strip tease se extendieron durante varios meses. Sólo cesaron cuando protestaron varios países islámicos aliados de EE.UU. Aunque no se preocuparon del momento en el que los soldados varones comenzaron a meter la cabeza de los talibanes en agua hasta hacerles creer que morirían asfixiados.
Dos formas de suplicio: la femenina, inteligente y sólo intelectual, que hasta podría discutirse si es tortura, y la masculina, horrible físicamente. La primera era sin incitación ni orden de los superiores, la segunda, sí.
Aunque las mujeres pueden también torturar físicamente. Lo confirma un estudio de la American Psychological Association que aparecerá publicado dentro de unos días en su revista, American Psychologist: descubre que tres de cada cuatro personas de ambos sexos son –somos-- torturadoras en potencia.
La investigación se hizo con estudiantes que, solamente por placer, provocaban dolor aplicándole descargas eléctricas a compañeros aparentemente indefensos.
Así que las mujeres pueden torturar de dos maneras diferentes, al menos a los talibanes. Y quizás alguno hombres también…
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