Cuando unos terroristas matan a quien era compañero de cuadrilla y de mus cotidiano desde hace décadas, los seres con sentimientos humanos suelen expresar ira y dolor.
Pero en Azpeitia, y poco después de que unos etarras acribillaran este miércoles a Ignacio Uría Mendizábal, sus camaradas de tute reaccionaron rehaciendo la cuadrilla con otro vecino y continuaron echándose órdagos al mus.
Se explicaron tras conocer el escándalo montado con la fotografía en la que aparecían jugando: que querían expresar que ETA que no cambia sus vidas.
Sí. Dada la estructura sociológica actual de Azpeitia y otros pueblos de mayoría nacionalista, uno piensa que posiblemente ese gesto se debió a que el muerto habría hecho igual si hubieran matado a otro: el tute es tan adictivo que ninguna ausencia de un compañero debe privarnos de nuestras dosis de órdagos.
En ese pueblo de 14.054 habitantes parece haber pocos sentimientos humanos. Lo prueba que lo gobierna ANV, partido de los asesinos etarras, aunque el gobierno de Rodríguez Z lo defendía hace poco como democrático.
Hay demasiadas personas traicionando su verdadera identidad con el veneno filoterrorista: Azpeitia fue ennoblecida por Fernando IV de Castilla en 1310 y proclamada luego “noble y leal villa”.
Allí nació Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas que tanto españolismo militante impusieron –como cuenta el libro canónico “Jesuitas en Campaña”-- hasta que en 1965 nombraron Prepósito General a Pedro Arrupe.
La foto de la cuadrilla de Ignacio Uría jugando tras el asesinato muestra rostros pétreos, fríos, que resultarán más cínicos aún cuando ETA mata a quien no es "uno de los nuestros”, que diría Martin Scorsese al retratar algunas familias de Little Italy, el barrio que fue sucursal neoyorquino de Corleone.
Este muerto era "uno de los nuestros", y cuando ETA asesina nadie deja de jalear órdagos: la banda también está formada por algunos de los nuestros.