En cualquier momento puede ocurrirle a los soldados españoles lo que a los diez franceses que cayeron en una emboscada el pasado agosto en Afganistán: los talibanes los mataron y se pusieron sus uniformes para aparecer fotografiados en Paris Match.
Aquí no se sabe qué haría el actual Gobierno si algunos de los 700 soldados españoles destinados allí sufrieran muerte y humillación similares.
Rodríguez Z lo niega, pero estamos en guerra. Guerra de supervivencia. Contra unos fanáticos medievales que pretenden deconstruir un mundo a su imagen y que aportan bases para quienes se han propuesto destruir nuestra civilización. Ya nos tienen bastante amedrentados.
Para impedir el avance de esa ola oscurantista, uno de cuyos impulsores es Al-Qaeda, y que esperan conseguir armas nucleares, la OTAN, con autorización de la ONU, arrojó del poder a los talibanes.
Fuerzas armadas de numerosos países acudieron para cooperar con el nuevo gobierno, reducir la miseria afgana y lograr la paz, pero con pocas fuerzas y medios: por ejemplo, España debería tener allí, al menos, 5.000 soldados para la reconstrucción y como combatientes, según cálculos aliados.
Los talibanes están envalentonados por la debilidad numérica de sus enemigos. Saben que los occidentales están divididos y que temen a ciertas opiniones públicas que, sin reflexión, exigen “No a la guerra”.
En Afganistán se sitúa el futuro de Occidente como civilización. Si triunfa el talibán, literalmente “estudiante” del Corán, preparémonos para lo peor.
Si le pasa a los españoles como a los franceses deberíamos estar seguros de que nuestro Gobierno responderá con la misma gallardía que París: redoblando la lucha.
El carácter presuntamente bondadoso y pacífico de Rodríguez Z ofrece poca confianza. Y si huye en cuanto le sea posible, nosotros también deberíamos escapar despavoridos, pero de España.