El descubrimiento es sensacional, pero pasó casi desapercibido en los medios informativos a pesar de que rompe tabúes, prejuicios e incluso milenarios conceptos religiosos: los cerebros de los homosexuales, hombres y mujeres, tienen una estructura distinta a la de los heterosexuales.
El hallazgo se anunció en el simposio “Diferencias de sexo en el cerebro humano” que celebró en mayo el Karolinska Institutet, la gran facultad de Medicina de Estocolmo, Nóbel de Fisiología.
Sus investigadores presentaron un estudio tomográfico por emisión de positrones de los cerebros de noventa personas, hetero y homosexuales, hombres y mujeres, en el que aparecían diferencias en el tamaño de los hemisferios y en la llamada “amígdala” cerebral de unos y otros: los hombres homosexuales tienen ciertas características del cerebro femenino y las lesbianas del masculino.
El trabajo ha sido considerado excepcional en las instituciones más importantes del mundo y se publicó en Proceedings (PNAS), de la Academia de Ciencias de EE. UU.
Ante algo así sorprende el silencio, la ausencia de reacciones de las principales o más conocidas asociaciones de homosexuales y, sobre todo, de responsables de religiones que condenan por pecaminosa la homosexualidad.
Porque si es consecuencia de la biología, la primera consideración que se le plantea a la cultura judeocristiana es que quizás la destrucción de Sodoma y Gomorra fue un injusto castigo divino.
Pero además destruye el mito que defienden con mayor ahínco los activistas modelo Zerolo: que su sexualidad es una opción voluntaria, no una predeterminación de la naturaleza.
Decididamente, la tomografía por emisión de positrones está acotando más y más la responsabilidad de la voluntad humana y restándole su ilusión de que ejerce el libre albedrío.
Albedrío bastante condicionado: lo demuestra la mosca del vinagre, con la que se investiga la genética humana, y que tiene también sus homosexuales.