Al menos una de las tres esposas del capataz de la empresa de chufas al que saludó la vicepresidenta Fernández de la Vega en Niger era una niña cuando la casaron: la mandataria española había departido alegremente con un polígamo y pederasta.
De la Vega se mostró horrorizada después, cuando supo lo de las tres mujeres y 18 hijos, ignorando aún el caso de la niña-esposa, y desconociendo también que en el mundo islámico se considera preparada para mantener relaciones sexuales a la niña que ha tenido su primera menstruación: es fértil.
Pero la vicepresidente no se escandalizó como progresista y feminista con los ínfimos salarios que le paga el dueño español de aquella empresa a las trabajadoras nativas que ella tenía delante.
Luego, De la Vega prometió solemnemente “luchar contra la poligamia”. Cree que podrá hacerlo si España consigue entrar en el Consejo de Derechos Humanos (DDHH) de la ONU para hacer respetar su Declaración Universal de San Francisco, de 1948.
Pero la mayoría de los países musulmanes rechazan ese compromiso. Porque la poligamia, incluso la pederastia, es un derecho de origen divino: Mahoma tenía 54 años, varias esposas y concubinas, y se desposó con una niña de siete años, Aisha, que tenía nueve años cuando la poseyó.
El islam rechaza la Declaración Universal de DDHH porque no recoge la potestad absoluta de Alá sobre la humanidad ni la necesidad de aplicar la sharía o ley islámica.
La Organización de la Conferencia Islámica, formada ahora por 57 países, aprobó el 5 de agosto de 1990 en El Cairo su propia Declaración de DDHH, inspirada en las leyes coránicas: la sharía prima sobre la razón, y enfrentarse a ella para muchos musulmanes es otra agresión más del imperialismo cristiano.
Por eso, la “Alianza de Civilizaciones” zapateril es una inocentada creada por quien desconoce cómo es el mundo: estos políticos españoles van dándose tortas en cada esquina porque suelen salir por primera vez del país cuando ya tienen un enorme poder para poder demostrar su ignorancia.