Observándola desde lejos, la pelea interna del Partido Popular recuerda más una batalla religiosa que una política, como si las fuerzas más comprometidas con la fe defendieran sus valores ante otras más descreídas.
Se diría que bajo el nuevo mandato de Mariano Rajoy las personas que representaban el catolicismo más notorio han ido perdiendo poder para tomarlo otras menos seguidoras de ideal religioso.
Y eso ocurre en un momento en el que aparece un rearme del cristianismo en todo Occidente para detener el creciente laicismo y para afrontar el reto del islam, que va imponiéndose en numerosos espacios legales y sociales.
Siempre desde ese análisis, se observa que notables militantes del PP y sus apoyos, incluyendo los que pertenecen a nuevas y viejas organizaciones católicas, recomiendan seguir el ejemplo de formaciones estadounidenses como la católica American Life Ligue y la protestante Christian Coalition, que proclaman su decisión de influir en la política.
Todo indica que dentro del PP está floreciendo una derecha cristiana que desea hacer respetar valores tradicionales, que se opone a lo que considera libertinaje de costumbres, y que además toma como bandera lo español frente a lo autonómico.
Esa fuerza en formación busca alianzas con quienes defienden sus sentimientos religiosos, aunque aceptaría acompañarse de gentes más liberales en costumbres siempre que se dejaran dirigir por ella y sigan centrando su mensaje en la unidad de España.
Al otro lado estarían los pragmáticos de Rajoy, capaz de llegar a acuerdos sobre laicismo, tolerancia de costumbres y formas de vida poco religiosas, y de renunciar a algunos españolismos que cree exagerados; posiblemente por eso María San Gil perdió la fe en él.
Otra cuestión de fe: Rajoy parece creer ahora que Z está abandonando su izquierdismo provocativo para volver al centroizquierda.