Una sociedad orientada a satisfacer toda acción que facilite el placer creará numerosos personajes como Josef Fritzl, el hombre que raptó a su hija, la mantuvo encerrada 24 años y tuvo de ella siete hijos incestuosos.
Desde una visión como la que trata de imponer este Gobierno con su Educación para la Ciudadanía, el caso Fritzl sólo horroriza por sus delitos: secuestro y violación.
Pero no por sus motivos: el supuesto progresismo pedagógico niega que haya apetencias y deseos poco recomendables.
Se propugna el hedonismo como derecho inalienable y se opone a renuncias calificadas de hipócritas. No existen lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Solamente lo legal y lo ilegal.
Se enseña que todo es aceptable, que en el sexo –o en el botellón-- no hay baremo moral o de madurez, sino sólo el penal.
Por eso, numerosos padres rechazan que sus hijos sean adoctrinados por un gobierno que alecciona a los niños en la idea de que no hay diques, que invita a probar todo hedonismo y sexualidad, y para el que controlar algunas apetencias sólo obedece a morales o religiosidades reaccionarias.
Un gobierno cuyos miembros, naturalmente, mandan a sus hijos a colegios privados en los que la disciplina dificulta las aventuras ajenas a la moral tradicional: la ingeniería social del pensamiento dominante se impone en la enseñanza pública.
Instruir en que toda satisfacción sexual consentida y que no dañe a terceros es maravillosa provocará la eclosión de quienes verán apetecibles la zoofilia, el incesto, incluso la pedofilia no perseguible con adolescentes consentidores mayores de 14 años. Tampoco es delito el incesto, por tanto es aceptable.
Según el sistema de valores que proponen varios textos de Educación para la Ciudadanía Josef Fritzl no es un monstruo, sino alguien que solamente cometió los delitos de rapto y secuestros prolongados; además, sin maldad, porque la maldad, término de lejano origen religioso, no existe.