Uno de los aspectos definitorios de las dictaduras es la censura que ejercen en la información sobre las grandes catástrofes: quieren evitar la desmoralización o la ira de los nacionales y que la prensa extranjera no informe sobre su incompetencia, dejadez y corrupción.
La República Popular China, construida bajo una dictadura de partido único, ha roto esa regla y ha asombrado a numerosos expertos al conceder amplia libertad a la prensa internacional para informar de los terremotos de Beichuan, en Sichuan, cuna, por cierto, de la mejor cocina picante del planeta.
Gracias a esas facilidades está viéndose la incompetencia y corrupción con la que se construyeron edificios públicos; y especialmente escuelas, que propiciaron la muerte de muchos niños, lo más amado por los chinos.
Hasta hace poco tiempo el régimen le impedía a todo corresponsal extranjero acercarse a accidentes, incluso los pequeños, algo que sufrió este cronista, el primer corresponsal español destinado en ese país durante varios años.
El Partido Comunista cree ahora que la prensa se fijará más que en su represión o que en los tímidos avances en derechos humanos, en su lucha actual contra la corrupción, en la mejoría de la productividad y del nivel de vida del país, aún tercermundista.
Mientras, este progreso le facilita a la población que se salte mil prohibiciones, siempre que lo haga con discreción: sigue dominando el partido comunista, pero sus dirigentes saben que el incremento del nivel de vida trae inevitablemente menores persecuciones.
Así, por ejemplo, lamaístas, cristianos o seguidores de la creencia Falung Gong son tolerados cuando no retan visiblemente al régimen.
Si el turismo abrió en la España del tardofranquismo un inicio de lejana democracia, los JJ.OO. de verano en Pekin-Beijing pueden acelerar esta creciente e imparable apertura hacia cierta emancipación general.