Cada día está más claro que Hugo Chávez se ha lanzado a una campaña expansionista sobre sus vecinos para dirigir lo que fue el virreinato español de Nueva Granada, que abarcaba Venezuela, Ecuador y Colombia, con la desgajada Panamá.
Obsérvese que su discurso imperialista se dirige con creciente energía hacia lo que fue la Gran Colombia, aunque también trate influir en otros países iberoamericanos.
Durante su golpe de estado de 1992 ya había mostrado obsesión por ese territorio ofreciéndose como heredero del sueño unificador de Bolívar.
Ahora, y como presidente electo, su ambición se ha descontrolado tratando de desestabilizar ese país, más grande y poblado que Venezuela, que nunca sufrió a un militar golpista.
Debilitadas las grandes mafias de narcotraficantes, Colombia ha resultado víctima de algo peor: Chávez como protector de las FARC dedicadas al narcoterrorismo, aunque con una leyenda anticapitalista apreciada aún en círculos progresistas.
Como estaban llegando a una situación precaria y con crecientes deserciones, Chávez les amplió su apoyo habitual de refugio y logística en la frontera venezolana, convertida en base segura narcoguerrillera.
Presentándose como un salvador, Chávez explota ahora el síndrome de Estocolmo de exsecuestrados liberados “con mi mediación” y la desesperación de las familias de los 774 que, como mínimo, tienen aún las FARC en horribles condiciones.
Una operación de propaganda aparentemente humanitaria en la que se presiona al presidente Uribe y a los colombianos para que cedan a las exigencias de los narcoterroristas, lo que amenaza a la democracia de su país.
El objetivo de presiones, insultos y provocaciones de Chávez es abatir esa democracia, así las FARC administrarán libremente el narcotráfico –heroica lucha anticapitalista—y Colombia acatará la Nación Bolivariana.
Pregunta: ¿Qué debe hacerse ante este aspirante a virrey español crecientemente alocado y agresivo?