La noticia apareció en los medios informativos de todo el mundo, incluso en los autocalificados de serios: “Paris Hilton le pide a Papá Noel un hombre para toda la vida”.
Lógico: al final, la heredera de los hoteles Hilton se convertirá en la perenne american girl que ya descubrió hace casi un siglo Julio Camba.
Cuya tesis, compartida por quienes conocen ese país, es que la american girl es, aparte de una mujer atractiva, una alegre descocada capaz de beberse enormes cantidades de alcohol y de drogarse con todo narcótico hasta que un día se hace puritana y se dedica a vigilar las virtudes de su comunidad.
Para entonces otras más jóvenes la relevan para a ser iguales en vicios, y después en virtudes, y así generación tras generación.
Quizás no le haya llegado aún el momento de la transformación definitiva a París Hilton, american girl famosa por sus fiestas y orgías, producto del industrioso carácter familiar que hereda: cobra por trabajar presentándose borracha o drogada en público, y mejora así su enorme patrimonio.
Pero cuando una american girl empieza a pedir la mano de un marido para toda la vida está anunciando que dentro de no mucho tiempo beberá solamente zumo de grosella y obsequiará al futuro daddy con sus american pie home made.
Las mujeres estadounidenses han sido así desde que su país existe. El cronista conoce algunas que usaban rifle y bebían a morro las garrafas de galón de bourbon levantándolas con el antebrazo, y que inesperadamente se volvían abstemias y se ponían de solemnes organistas en una iglesia presbiteriana.
Cuando las american girls le piden a Papá Noel un marido para toda la vida piensan en la perdurabilidad de su patria. Sin ellas EE.UU. se hundiría.