Los cristianos de las tendencias mayoritarias festejan la Navidad el 25 de diciembre y extienden las conmemoraciones hasta el día de Reyes, cuando los ortodoxos empiezan las suyas porque no aceptan el calendario gregoriano de 1582, sustituto del juliano, el de Julio César, que venía desde el año 46 antes de Cristo.
Estas fiestas, que previamente eran conmemoraciones del solsticio de invierno, expresan la espiritualidad cristiana desde hace muchos siglos, lo que supuso crear una cultura con su estética, ética y sentimientos que amansan la crueldad que el ser humano acarrea consigo y que los cristianos llaman pecado.
Los infanticidios, la esclavitud infantil y el abandono de niños en el precristianismo o en pueblos ajenos al judeocristianismo eran mucho más comunes y brutales que los que se dieron –porque también se dieron—entre quienes comenzaron a creer en la existencia de un Niño-Dios.
Para quienes tienen mentalidad laica, pero amor a su cultura cristiana, la Navidad es mucho más que una fiesta alrededor de ese Niño-Dios.
Es la expresión artística más sublime: en la pintura, la escultura, la música, la literatura e incluso en el cine.
Toda Natividad-Navidad le canta a la célula humana básica: la familia alrededor del recién nacido. En el Arte, es la capilla, el retablo y la catedral, el Belén franciscano, el Renacimiento, el Barroco, la música de Bach, la literatura de Dickens, los tristes cuentos de Andersen, el cine de Cappra. Es nosotros.
Ahora es también el consumo, las luces y los villancicos –desgraciadamente los españoles son los más infames del mundo--, y la vuelta a casa, la familia, el calor, y ese ambiente tristealegre que envuelve a todos.
Por eso hay que conservar las Navidades, base de nuestra mejor cultura, incluso para quienes, como se declaraba Oriana Fallaci, son ateos cristianos. ¡Felices Navidades, que no Fiestas del Solsticio, cuya cultura sería otra!