Los nacionalistas vascos desean parecerse a las autonomías exyugoslavas que han ido emancipándose, pero su caso tiene poco que ver con el de ese país creado tras hundirse el imperio otomano dejando atrás poblaciones que arrastran odios seculares por motivos religiosos.
Yugoslavia fue, quizás, lo que habría resultado España si la conquista de Granada en 1492 se hubiera demorado hasta mediados del siglo XIX y no se hubiera decretado la expulsión de los moriscos en 1609: un territorio de pueblos belicosos suicidándose en guerras religiosas.
Los nacionalistas vascos, que antes decían sentirse reflejados en Eslovenia, Macedonia o Estonia, ahora consideran "muy positivo" para su secesionismo que la UE y EE.UU. reconozcan la autodeterminación-independencia unilateral de Kosovo, aun sin el aval de la ONU.
Y con el apoyo de Rodríguez Z, que afirmaba que no se movería un milímetro sin esa organización internacional, hicieran lo que hicieran los aliados de la UE o la OTAN.
Dicen los peneuvistas que la esperanza de esa autonomía, algo más grande que Euskadi y con 300.000 habitantes menos, es similar a la suya, pero existen entre ellas enormes diferencias: el 92 por ciento de los kosovares son musulmanes pobres y los vascos son católicos y proporcionalmente riquísimos.
Las luchas y los odios con los serbios vienen especialmente desde 1499, cuando los otomanos conquistaron Zeta --qué curioso--, la última plaza cristiano-ortodoxa de Serbia, y permanecieron imponiéndose con gran crueldad hasta que fueron expulsados en 1867.
Vencidos los musulmanes en la Reconquista España quedó bajo control cristiano. Durante siglos, obispos y burócratas fueron mayoritariamente vascos, los únicos españoles que no tenían que demostrar limpieza de sangre: la idea sabiniana del Rh viene de ahí, precisamente, de los “cristianos viejos”.
Guerreros y curas vascos llevaron la espada y la cruz a las conquistas españolas.
A veces los nacionalistas hacen recordar la historia del escorpión que envenenó a la rana que le ayudaba a pasar un río. Ahogándose los dos, el arácnido se justificaba: “Es mi naturaleza”.