Si ha visto usted documentales con las arengas de Benito Mussolini y observa las de Hugo Chávez comprobará su paralelismo: hinchan el pecho y se contonean mientras retan con mirada castigadora, mueven los brazos dándose golpes y apuntando a sus interlocutores, y oscilan la cabeza con suficiencia como gallos que cacarean campanudos y grandilocuentes teatrales frases tópicas de chulesco patriotismo.
Iguales, casi, desde el nacimiento: la madre de Mussolini era una maestra obsesionada con hacer un líder histórico a su hijo, como los ególatras padres de Hugo, también maestros.
Mussolini se llamaba Benito por la admiración de sus padres hacia Juárez, indio zapoteco y presidente de México repetidas veces entre 1858 y 1872: los aborígenes hispanoamericanos rigieron sus países ya en el siglo XIX, lo que demuestra falsa la tesis neoindigenista de sufrir perenne desprecio.
El socialismo indigenista del siglo XXI que propugna Chávez, precisamente, es una variedad del fascismo, la ideología creada por Mussolini para enfrentarse a una Revolución soviética que correspondería hoy a la revolución globalizadora capitalista.
Benito comenzó siendo socialista, Hugo dice serlo también, y si el fascismo es la suma de nacionalismo, militarismo y anticomunismo, junto con el control del Estado usando la censura y el populismo, el chavismo tiene similares características.
Aunque su enemigo no es el comunismo, que fue la globalización proletaria, sino la presente globalización capitalista.
Incluso la búsqueda de un pasado mítico une a ambos tiranos: la grandiosidad romana, con su arte y cultura, su expansión imperial, se corresponden en Chávez a la sobrevaloración de lo precolombino atribuyéndole al líder de la independencia Simón Bolivar su pertenencia a ese mítico pasado.
A Bolívar, de origen español, vasco, lo está haciendo Chávez medio negro y medio indio para que aparezca como heredero de un imperio como el romano que dice que dominaba aquel continente antes de llegar Colón.