Está poniéndose de moda el término ecoísmo, el egoísmo necesario para obtener beneficios con la ecología: capitalismo postmoderno para ganar dinero potenciando las llamadas energías limpias, esas que con demasiada frecuencia paran y se vuelven inútiles.
Por ejemplo, en la última oleada de fríos invernales, hace un par de semanas, la red eléctrica española estuvo a punto de colapsarse por sobreconsumo: los molinos de viento que deberían producir energía estaban parados porque con grandes fríos y calores los vientos suelen estar en calma.
Una caída así puede matar a miles de personas, las más débiles e indefensas: ancianos y niños, especialmente. Y entonces, ¿se culparán a si mismos quienes se niegan a crear fuentes energéticas seguras?
Es cierto que debe cambiarse el paradigma consumidor de combustibles fósiles por otro de energías más limpias, pero a la vez deben ser de producción regular. Eso están haciendo Francia y una parte creciente del resto del mundo, incluyendo el vecino Marruecos: construyen centrales nucleares cuyos residuos pueden controlarse con seguridad y sin peligro, pese a lo que digan los antinucleares.
Entre tanto, y dentro de esta sociedad postindustrial que crea religiones ecoístas, dotadas también de sus infiernos, se anuncia que Al Gore es un productivo sacerdote: entre conferencias e inversiones en negocios ecológicos ha obtenido a partir de nada al menos cien millones de dólares, una buena fortuna.
Pero el contaminante petróleo sigue provocando alegrías donde brota. El hidrocarburo, que iba a agotarse en el año 2000, como se anunciaba en 1970, ha aparecido en enormes bolsas en la Cuenca de Santos, Brasil, y el progresista y ecologista presidente Lula sueña ya con enriquecer su país vendiéndolo.
Y hasta en Extremadura hay fiesta porque próximamente se inaugurará allí una enorme refinería de petróleo, la primera construida en Europa en los últimos treinta años. Ecoístas, sí, pero también capitalistas de siempre.