Amor por Carla Bruni
El hombre ciego que oye cantar a Carla Bruni seguramente queda extasiado como los griegos ante sus musas Terpsícore, de la Música, y Erato, de la Poesía amorosa; y el vidente podría enamorarse de ella porque es Afrodita, diosa de la Belleza.
La mujer que hoy domina la vieja y coqueta Francia a través de su presidente, Nicolás Sarkozy, no es una exmodelo o cantante común: es un ejemplo de la hermosura a la que puede llegar la Madre Tierra.
Una Eva, el ser ideal de la fecundidad, la Madre capaz de donarle a este planeta una armonía de belleza, susurrante como su voz, su poesía sugerente y viva escultura sensual.
En lugar de blanca europea Carla Bruni podía ser negra, asiática o americana nativa. No es cuestión de raza o de esa cosa horrible llamada género. Es puro sexo. La exquisitez física de una autora de canciones y de poemas cuya vida sentimental, además, muestra a una diosa caprichosa, promiscua y libre.
Cualquier hombre se vuelve cursi ante una Carla Bruni, la mujer perfecta. Se deja llevar, como Nicolas Sarkozy, por su voz que le canta al desamor, a la tristeza, a los seres perdidos, pero que sugiere la esperanza de que aparezca algo nuevo --¿seré yo?, debió preguntarse el presidente gaullista-- que la reconozca como la Madre Tierra.
El nuevo dueño del Elíseo, de aristocrático origen húngaro y francés de primera generación, parece extasiado ante esta bellísima Carla Bruni que, como él, es francesa de primerísima generación, puesto que su familia es italiana, también de origen poderoso y con prestigio.
Hay que seguir esta historia del presidente Sarkozy y Carla Bruni, voluble bandera que hoy es más importante que la mitológica Marianne, la Madre Francia.