Hasta hace poco tiempo una buena fórmula para obtener casi ragaladas enciclopedias, música o películas era comprar periódicos los domingos, pero ahora los diarios de tirada nacional son más dadivosos y han convertido los quioscos en tiendas de Todo a Cien que, euro a euro, nos ponen el ajuar.
Las parejas deberían prever con qué lecturas se quedará cada miembro cuando se divorcien, como hace la mitad de los nuevos matrimonios, porque periodísticamente tienen en propiedad común vasos, jarras, cuchillerías, vajillas, edredones, chándales, equipos de música.
También ordenadores, impresoras, relojes de cuco, plumas estilográficas, sandalias, zapatos, gafas, bolsos, pareos, sombreros, cortinas, preservativos y escobillas de inodoro.
Entre las publicaciones y un pequeño ingreso en cualquier banco, que regalan baterías de cocina, ya se tiene una vivienda al encantador estilo kitsch.
Hay multitud de hogares cuyos propietarios exhiben su afición lectora: esta Virgen fosforescente me vino con Mundo Obrero, y esta camiseta del Che Guevara me lo dio una revista para usuarios de Visa Oro.
En las publicaciones semanales y mensuales dominan las de señoritas emparejadas entre ellas o de caballeros entre ellos, mostrándose mucho afecto: de un tiempo a esta parte lo heterosexual vende poco, dicen los quiosqueros. Moda unisexual, término que evita decir homosexual.
Se anuncia que entregarán ropa sexy y gadgets eróticos vibratorios. Los quioscos convertidos en sex-shops. Exhibidos en primera línea, a la altura de la vista de los niños, como el que se vio en el cartel de un festival de cine gay de Barcelona, hecho para demostrar amor hacia los infantes.
Obsérvese que los niños se interesan más por imágenes de cualquier contenido sexual que por los cachivaches electrónicos que también tienen delante: dentro de pocos años conoceremos el resultado de tal atracción.