Con un mediador de conflictos como Hugo Chávez, al que Colombia no le había pedido arbitraje en sus problemas internos, no se necesitan enemigos: cuando el presidente colombiano le requirió para que abandonara sus interferencias, fracasadas y quizás malintencionadas, el caudillo venezolano se desbocó este domingo y lo retó a romper las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Además, dolido consigo mismo porque no supo reaccionar hace dos semanas cuando el Rey Juan Carlos lo enmudeció al decirle que se callara, fue aumentando día tras día su frustración hasta que la olla mental le estalló y anunció también que “congelaba” las relaciones con España.
Situación lógica en alguien desequilibrado y chantajista: Chávez presenta como causa de la prolongación del terrorismo en Colombia al Gobierno de ese país porque ha rechazado sus encuentros con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), guerrilla filocastrista y narcotraficante.
Y además de hacer gestiones no solicitadas y sólo aceptadas a disgusto por Colombia, donde el apoyo a la inflexibilidad del presidente supera el 60 por ciento, y tras fracasar no aportando avance alguno con los terroristas --que se mueven libremente por Venezuela--, Chávez acusó a misteriosos “poderes superiores” de impedirle continuar.
El chantaje del caudillo venezolano recuerda al de Carod-Rovira cuando negoció con ETA para que no atentara en Cataluña y le propuso al Gobierno que aceptara sus demandas territoriales, porque así los terroristas “provocarían menos dolor”.
Una sencilla artimaña: presentarse como bondadoso mediador espontáneo, pero apoyando los objetivos de los terroristas y siendo portavoz de sus intereses. Ibarretxe hace también algo parecido.
Los mediadores chantajistas siempre se colocan en medio, entre la Ley y el terrorismo, y advierten que si un Estado aplica la justicia provoca una respuesta “lógica” de la otra parte.