Hace poco que Pepa Bueno, la periodista de “Los desayunos de TVE”, se puso un púdico velo para entrevistar al presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad.
Gracias a ese gesto él no se puso violento con ella porque, como islamista, se cree tan viril y sexy que necesita controlar su libido haciendo que toda mujer esté asexuada ante él.
Es que Ahmadineyad, como los grandes fanáticos del islam, cree ser una bomba erótica sólo desactivable ante muros de ropas y velos femeninos que protejan a ambos de las tentaciones del pecado.
El fanático, sea chiíta, sunnita, árabe, persa o de cualquier otra secta o etnia, cree que posee un tremendo poder afrodisíaco, muy superior al del resto de los hombres, sean musulmanes moderados o politeístas como los trinitarios cristianos.
En el imaginario islamista hay una relación directa entre la fe y la enorme potencia genital masculina, que sólo será satisfecha en el Paraíso con 72 huríes.
Por eso, y en espera del Gran Momento, el hombre exige que las mujeres se velen para evitarle tentaciones a otros hombres, mientras necesita varias para satisfacerse: principal razón de la poligamia.
El propio Mahoma poseyó una decena de esposas que esperaban ansiosamente ser montadas. Que no sólo aparecen en el Corán, sino también de los hadices o dichos del Profeta, como desmenuza “La mujer en el inconsciente musulmán” (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), estudio de una erudita coránica magrebí que protege su vida bajo el seudónimo de Fatna Aít Sabbah.
Un libro canónico para entender la sumisión de la mujer a los tabúes que envuelven a los islamistas, cuyas obsesiones dominan las sociedades musulmanas que tienden también a sujetar la sexualidad femenina porque las mujeres, explica Fatna, son unas yeguas desbocadas siempre en celo que deben encerrarse entre velos y paredes.