Hace 2.500 años que el general chino Sun Tzu escribió en “El arte de la guerra” que el éxito militar radica en someter al enemigo sin luchar, como hace estos días Irán, la antigua Persia, para humillar al eximperio británico a través de quince soldados que le capturó en aguas supuestamente iraquíes, no iraníes.
Añadía Sun Tzu en ese libro inspirador aún de los políticos y generales más poderosos del mundo, que “todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño”.
En 480 antes de Cristo, con Sun Tzu seguramente vivo aún, 300 espartanos consiguieron parar con ardides e inaudita valentía al persa Jerjes, que marchaba a la conquista de Grecia con una tropa de entre 250.000 y un millón de hombres. Heródoto hablaba de unos 10.000 espartanos y varios millones de persas. La versión fílmica de un tebeo sobre la batalla de las Termópilas está en los cines estos días.
Hoy, el imperio británico está representado por esos quince soldados acobardados ante los descendientes de Jerjes.
Mahmud Ahmadineyad, el presidente iraní, un fanático religioso que quizás leyó a Sun Tzu, está midiendo la voluntad occidental a través de estos británicos que lloran su desdicha y piden la retirada de su país y de EE.UU. de Irak y del mundo islámico.
Esos soldados no saben que son parte de unas nuevas Guerras Médicas, con Ahmadineyad como experto en debilidades de los occidentales. Sigue la máxima de Sun Tzu: “Si conoces a tu enemigo te conoces a ti mismo, y en cien batallas, nunca saldrás derrotado”.
El miedo, la familia, la vida cómoda, una opinión pública que se conmueve ante toda desgracia y enseguida se revuelve contra sus líderes: Occidente seguramente ya es incapaz de combatir contra Jerjes.