Pederastas idiomáticos
Cuando el profesor falangista oía que hablábamos en gallego nos soltaba unos tortazos monumentales al grito de ¡En idioma patriótico, coño!
El cronista ha visto recientemente similar escena en otro colegio. Los niños hablaban en castellano y un profesor vociferaba: ¡En galego, o idioma da patria, carallo!
Los nuevos sacerdotes de la lengua no pegan, pero suspenden. Castigan con ingratas obligaciones y tareas que restan muchas horas de juegos y asueto. Exigen dedicación devocional al idioma local, que han convertido en materia más trascendente que cualquier saber universal, las matemáticas o la física.
Más que cualquier conocimiento ajeno a la historia o la geografía de los 29.574 kilómetros cuadrados de Galicia, región de 2,7 millones de habitantes: menos que los de la almendra central de Madrid capital.
Observemos el mundo desde un satélite cercano: Europa es un pañuelo, España, poca cosa, y algunas comunidades autónomas son una manchita cuya lengua autóctona es adorable, pero fuera de allí solamente una curiosidad.
Quienes viven de ella, sus sacerdotes-profesores la imponen coercitivamente. No buscan un amor de pareja entre el usuario y la herramienta. No. Sirve para agredir, violar, como el castellano para los franquistas.
En Cataluña hay niños que hace poco tiempo se expresaban básicamente en catalán, y que ahora hablan más en castellano. Los niños no boicotean la lengua, ni son centralistas, ni reaccionarios, ni fachas: protestan así contra la violación. Los únicos culpables son los abusadores
En Euskadi ocurre algo parecido, y muchos de los que usan el vasco lo hacen porque temen a los sacerdotes ideológico-lingüísticos.
Violadores: imponen la lengua forzando a la gente, mucha de la cual se vengará abandonándola.
El cronista habla en gallego con muchos amigos, especialmente con quienes fueron víctimas de los profesores franquistas. Pero con los violadores lingüísticos de niños –pederastas idiomáticos-- se expresa, como provocación, únicamente en castellano.