Vencer sin convencer
Cuando el nuevo Estatuto de Cataluña pasó por el Senado, donde obtuvo solamente el 48 por ciento del apoyo, uno de los senadores, José María Mur, del Partido Aragonés (PAR), propuso una enmienda que evitaría su poca legitimidad moral si se producía una alta abstención en el referéndum que lo examinaba.
Mur pidió que se retirara el nuevo Estatuto si no igualaba o mejoraba la aceptación popular del de 1979.
Pero los nacionalistas y el PSOE, que en Aragón está aliado con el partido de Mur, rechazaron la enmienda. Temían la comparación entre la consulta de 1979, que logró casi el 60 por ciento de participación y el 88,15 por ciento de síes, con este otro, cargado de impugnaciones.
Así fue: mientras Rodríguez Zapatero (RZ) y sus aliados aseguraban que el fragor popular reclamaba este Estatuto, el domingo no votaba ni el 50 por ciento de los convocados, y los síes eran solamente el 73,9 por ciento, quince puntos menos que en 1979.
Ahora, tratan de convencer a catalanes y resto de los españoles de que ese referéndum fue un “triunfo histórico”, como afirmó RZ con cara inexpresiva para que no se notara que mentía, o porque quería mostrar su “optimismo antropológico”, expresión que en sí misma no significa nada, como tampoco dicen nada optimismo arqueológico, zoológico u odontológico.
Este resultado permite repetir la frase que pronunció hace 70 años el rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, ante el general Millán Astray, que se había alzado contra la República junto con otros militares entre los que estaba Franco: “Venceréis, pero no convenceréis”.
Vencen, pero sus resultados a medio o a largo plazo serán dramáticos y poco pacíficos: así lo reconocen muchos socialistas, aunque pocos se atrevan a proclamarlo.