Lo que ocurre en la Plaza de Colón de Madrid cuando juega la Selección española de fútbol es una muestra del poder de los medios de comunicación para crear o cambiar los sentimientos de grandes masas de ciudadanos.
Para crear clientela, el canal Cuatro de televisión reúne en aquella plaza del rico y derechista barrio de Salamanca a unos veinte mil jóvenes con una miscelánea de fútbol y arengas que exaltan los símbolos de España.
Parece un experimento goebbelsiano: tras abrumar a los espectadores con la gigantesca demostración españolista, los realizadores emiten imágenes de los jóvenes mezcladas con las del partido y las transmiten a toda España para que se reproduzcan las emociones.
Así, van creándose, avivando o reafirmando los sentimientos patrióticos o patrioteros de gente que nunca llegó a pensar que gritaría extasiada “¡España, España!” con el fervor de los requetés recién confesados.
Es el efecto del telecontagio en millares de puntos, en casas, bares, auditorios y calles, donde los espectadores se identifican con los patriotas de la Plaza de Colón, que saben que su acción-reacción se retroalimenta por todo el país.
Pero esta fabricación de emociones, que demuestra que el patriotismo es un buen negocio-espectáculo televisivo, recuerda también que cualquiera que controle medios de comunicación puede insuflarle los sentimientos que desee a los ciudadanos más emotivos.
Es lo que han hecho desde hace décadas los nacionalistas autonómicos, que están enfadadísimos con el españolismo de la Cuatro, y que, tras crear varias generaciones de sus propios patrioteros, quieren que se extinga el nombre de España para sustituirlo por el de sus selecciones.
Cuando puedan, pues, se separarán, pero les ocurrirá como a las nuevas repúblicas bálcánicas, que se han multiplicado por cero con la desaparición de la potente Yugoslavia.