Resulta ahora que ni el mono ni los progenitores A o B que quería darnos el Gobierno son nuestros antepasados más venerables, sino una bacteria a la que, en agradecimiento, debíamos dirigirnos con amor y respeto y llamarle mamá o papá; o, para no ser sexista, mapá o pamá.
El nombre de Lynn Margulis no es desconocido para quien recuerde las series científicas en televisión del astrónomo estadounidense Carl Sagan, fallecido en 1996.
Era su mujer. Pero, además, una bióloga con no menos reconocimiento científico que él, porque su trabajo es fundamental para el avance de las teorías evolucionistas.
Margulis, que acaba de estar en España, es la creadora del principio de que la vida, y por tanto la humana, viene de las bacterias, organismos microscópicos que carecen de núcleo y de los orgánulos de las células complejas.
Esta idea va más atrás que la de los darwinianos clásicos, centrados en los embriones precursores de los animales y las plantas.
Es una enemiga del creacionismo, de creciente influencia en su país, que defiende que cada una de las especies vivas es el resultado de una voluntad superior. Los creacionistas exigen que su teoría se considere tan científica como la de la evolución.
Sin embargo, Margulis defiende a investigadores como el también famoso biólogo Ken Miller, de la universidad Brown, que aceptan la evolución, pero que creen que ofrece dudas que solo se resuelven gracias a un posible acto inteligente, para él divino (www.millerandlevine.com/km/evol/).
Lo importante de Margulis, aparte de sus teorías evolutivas, está en lo que podríamos llamar las involutivas: defensora de la hipótesis Gaia de James Lovelock, cree que el ser humano desaparecerá del planeta que está destruyendo aceleradamente; es decir, que en cien años, o lo que sea, todos calvos, y poco después, bacterias, otra vez. Y vuelta a empezar.