Dicen las encuestas que los jóvenes actuales se evitan disgustos despreocupándose de la política: aparentemente, son más listos que sus apasionados padres a su misma edad, aunque a largo plazo quizás no sean más inteligentes.
Desde 1960 hasta 1985 la mayoría de los jóvenes se entusiasmaba con la democratización de España: hasta el 80 por ciento en 1975, el año en el que murió Franco. Y todavía el 70 por ciento una década después.
Pero sus hijos son diferentes: aparte de los que hacen carrera “de” políticos o de funcionarios, el 60 por ciento rechaza ahora, en 2006, implicarse en asuntos públicos.
Quizás consideran que la labor democratizadora ya está cumplida. O no quieren involucrarse en los partidos actuales; con excepción de los nacionalistas, demasiados jóvenes desprecian a los líderes de todas las fuerzas.
Aquellas organizaciones que tanto ilusionaron a sus padres han quedado convertidas en máquinas de poder manejadas por demasiados manipuladores profesionales, con discursos ilusorios, con la acelerada creación de leyes que, pasada la sorpresa que ofrecen, casi nadie sigue.
Los jóvenes ven a los políticos como tiburones ambiciosos, rozando la corrupción, que firman pactos para traicionarlos, que hacen promesas que rompen, y que sirven a los intereses de quien mejor los mantiene.
Los de la misma edad en los años 1960-1985, hoy ya otoñales, observan como mueren sus antiguas ideologías y no se sorprenden de que sus descendientes no quieran perder tiempo en frustrantes militancias.
Pero aún pareciendo listos, su falta de compromiso quizás los haga poco inteligentes. Su desinterés los aísla de realidades nacionales e internacionales que, dada a situación, serán dramáticas para ellos. Y para sus descendientes.
Ademas, su decepción se orienta hacia un vacuo hedonismo: ya es un problema social gravísimo el número de los que se satisfacen con monumentales botellones.