Joaquín Almunia, uno de los ministros de Felipe González que canceló en 1991 la construcción de cuatro centrales nucleares en distintas zonas de España advierte ahora, como comisario de Economía de la UE, que sería suicida no plantearse volver a producir energía atómica por el cambio climático y la carestía de petróleo.
Energía nuclear: otro tabú que cae y que terminará derribándose cuando el petróleo esté, por ejemplo, a 100 dólares/barril, pese a la oposición de quienes se autoproclaman ecologistas, generalmente sin saberes científicos.
James Lovelock, el físico y ecologista antinuclear creador de la hipótesis Gaia, es ahora un defensor de la energía atómica para reducir la velocidad del cambio meteorológico, para el que no ve solución. Más aún: cree que provocará miles de millones de muertos.
El cierre de las centrales nucleares se produjo cuando el petróleo era barato y se temía poco al CO2. Pero está volviéndose inaccesible y sumamente contaminante. Y un productor como Irán, construye centrales nucleares que posiblemente Israel y/o EE.UU. destruirán para evitar que su fanático y paranoico presidente extermine a los israelíes con la bomba atómica.
Paralelamente está derrumbándose otro tabú: el de la maldad de los vegetales transgénicos que multiplican la producción de alimentos.
Otra batalla perdida por los ecologistas, gentes que defienden la aplicación del transgenismo, la eugenesia, al ser humano, pero que, sin embargo, se oponen a los cultivos que ya en la India y China libraron del hambre a cientos de millones de seres.
El avance de los transgénicos es imparable. En los últimos diez años se ha pasado de la nada a 90 millones de hectáreas –100.000 de ellas en España—de cultivos transgénicos en los 21 países que permiten su siembra.
El siglo XXI está abocado inexorablemente a la proliferación nuclear y transgénica, como el XX lo estuvo al petróleo y a la "revolución verde". Aceptémoslo, porque el progreso siempre es para bien y, además, no puede pararse.
LECTURA RECOMENDABLE
La policía lingüística aconseja
Tutela y depuración: Cataluña acosa a España
Frankfurter Allgemeine Zeitung, 18 de enero de 2006. Por Paul Ingendaay
Una persona que hubiese permanecido dormida en España durante dos años y se hubiese levantado hoy día, no sólo habría de restregarse los ojos, sino también preguntarse si continúa en el mismo país donde se durmió. En aquel entonces, en la España de José María Aznar, los conservadores tenían mayoría absoluta, seguían una política firme contra el terrorismo de Eta, se unieron junto a Bush y Blair en su guerra contra Irak y dejaron de lado otras cuestiones sociales de las que no querían preocuparse demasiado. Veinticuatro meses después España está gobernada por un dirigente que sonríe ensimismado por aquello que a otras personas les altera, que ha permitido celebrar bodas entre homosexuales, que ha cortado la influencia de la Iglesia en las clases, y que discute con todo el mundo sobre si se puede permitir la definición de Cataluña como nación y hacer un poco más evidente su separación de España.
¿Es esta una cuestión importante? No se trata de eso. Se trata de algo que irrita a todo un país. Se insiste en ello en los debates, se han publicado series enteras de artículos, así que sólo por ello es necesaria una explicación. Ante todo, existe una preocupación en la vida común a causa de una situación jurídica grotesca. Hace poco sucedió que el gobierno regional utilizó sin consentimiento de los afectados casi mil historiales clínicos para supervisar el empleo de la lengua catalana en nueve hospitales de Barcelona. Se ha despreciado de manera evidente la privacidad de los datos, y los poderes públicos se han obcecado en su control. Asimismo un médico residente en Barcelona acaba de anunciar que en marzo iniciará una huelga de hambre frente al parlamento del gobierno regional porque su hija no puede educarse en castellano en su guardería. La ley que garantiza a los habitantes de Cataluña el derecho al bilingüismo fuerza, en la praxis, el monolingüismo.
En efecto, la policía lingüística ha aumentado claramente su actividad y ha sometido a la población a una rígida vigilancia. Durante el año 2004 se ha cuatriplicado, respecto al año anterior, el número de multas impuestas a los negocios, bares y restaurantes que no ofrecieran sus servicios en catalán. Nueva York o Berlín disfrutarían del cierto encanto de lo extranjero: no así Barcelona. Aquí los clientes pueden quejarse cuando no se les atiende en catalán. No sólo eso. En Barcelona tiene más dificultades para trabajar quien hable sólo español, a pesar de que Cataluña está en España. "Si Cataluña se independiza de una forma democrática y el catalán es el único idioma oficial" -dice el médico que exige que se le enseñe a su hija en español- "entonces lo aceptaré". Por el momento, las medidas del gobierno regional se realizan en torno a una "política de limpieza lingüística".
Quien a este respecto se haya sentido repetidamente, y una y otra vez discriminado por el durante muchos años jefe de los conservadores Jordi Pujol, se verá ahora arrollado por el socialista catalán Maragall. “Catalanista”, piensan ambos. Hoy en día tanto la política estatal como la catalana las determina el mismo partido socialista con el apoyo de pequeños partidos y siempre con la mirada puesta en el partido de la oposición, los conservadores del Partido Popular. Éstos movilizan a sus simpatizantes contra la amenaza de la disolución de España y establecen, sin reservas, una asociación de ideas con el tema del terrorismo en el País Vasco.
No es del todo inoportuna la idea de que este debate federalista despierta la impresión de que el país vuelve a caer en una esquematización de "o esto o lo otro", que recuerda, como todo lo malo en el alma española, el espíritu de la guerra civil y de las "dos Españas", así como el fantasma de la dictadura de Franco. Poco ha ayudado que la moderna democracia española se defina como un Estado compuesto por autonomías que disfrutan de amplios derechos. Y aún menos que el presidente Zapatero hable alegremente con todo el mundo y permita que se debata y se sometan a votación ciertas cosas. El caos de las autonomías ha estallado, y su moneda se llama resentimiento.
Uno se pregunta dónde están los intelectuales. Siempre que escritores, artistas y eruditos expresan su opinión, lo hacen de forma irritada. Una tarea que requiere de inciativas conjuntas y que nadie quiere reconocer. En cualquier caso, la semana pasada en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona se celebró un congreso en el que cuarenta intelectuales debatieron sobre el proyecto de Estatuto, el "Estatut". Expertos como el sociólogo José Álvarez Junco, editor de un renombrado estudio sobre la idea de España como estado nacional, expresó una gran preocupación sobre la agresividad del nacionalismo catalán. Un colega le apoyó con la observación de que el proyecto del estatut es exagerado, pero no así la reacción que provoca. Acabe como acabe el Estatuto que al final se apruebe, ordenado por la parte catalana, nadie estará satisfecho.
Esto no tendría por qué ocurrir si se acabara de utilizar la lengua como un instrumento de tutela, de influencia, como los catalanes le reprocharon durante largo tiempo a la dictadura franquista, y que ahora por su parte, practican. El bilingüismo supone una riqueza cultural propia de esta región. La literatura proporciona material de estudio de este fenómeno. Al lado de escritores que escriben es castellano, como Juan Goytisolo, Eduardo Mendoza o Juan Marsé, están los escritores que escriben en catalán, como Quim Monzó o Sergi Pàmies, que también han sido traducidos al alemán desde este idioma. Unos al lado de los otros.
Incluso el año pasado hubo bastantes discusiones (F.A.Z. del 4 de marzo de 2005), después de la buena noticia de que Cataluña sería la región invitado en la Feria de Francfort de 2007. La burocracia cultural nacionalista entendía que bajo "cultura catalana" cupieran exclusivamente los libros editados en catalán, pese a que los autores catalanes de más exito internacional escriben en castellano. La disputa se celebró con entusiasmo, aunque después quedó aplazada, y desde luego volverá a retomarse con seguridad en algún momento de 2007. No hay en el horizonte nada sino la amenaza de que se acerque el fantasma que se divisa hoy desde la Cataluña actual: aislamiento, mirarse el ombligo, discriminación del otro. La voluntaria autoprovincialización de una gran región cultural.
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