La afirmación políticamente más incorrecta, a cuyo autor pueden acusarlo de racista si no de nazi, es que hay grupos humanos cuyas características genéticas los hacen más inteligentes que otros.
Lo malo es que esto lo afirman algunos científicos al contestar a la pregunta que hace cada año “The Edge” (www.edge.org), órgano de un club abierto a sabios de todo el planeta que se plantean problemas aparentemente simples que son complejísimos.
La cuestión de 2006, que responderán miles de investigadores durante todo el año, hasta 2007, la presentó Steven Pinker, psicolingüista, profesor de sicología en Harvard y antes en el MIT, y autor de tres libros antológicos sobre la naturaleza humana en función de la mente, su biología y la creación de las ideas.
Recuerda Pinker que la historia de la ciencia está repleta de descubrimientos que fueron considerados social, moral y emocionalmente peligrosos; los más obvios, la revolución copernicana y la darwiniana.
Y pregunta: ¿Qué idea puede tener cualquiera de nosotros que sea peligrosa, no por falsa, sino porque pueda ser verdad?.
Cuestión aparentemente sencilla, pero endiablada. Como la que 2005: ¿Qué cree usted que es verdad, incluso si no puede probarlo?. La respuesta era sumamente difícil para ser aceptada entre pares que son los número uno del mundo de todas las especialidades: contéstela usted mismo; se asombrará.
Y Pinker, además de proponer su pregunta, ha escrito un texto que puede iniciar el gran debate sobre la evolución de las especies: demuestra que hay grupos humanos que difieren genéticamente de otros, tanto en talento como en temperamento.
Esto se debería a que, aunque los genes sean iguales, sus modelos de correlación son distintos y determinan aptitudes y conductas grupales también disímiles.
Y esto, en tiempos de clonaciones, bebés perfectos y neonazismos, resulta una idea científicamente atractiva, pero peligrosa, muy peligrosa.
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NOTA DE PRENSA DE LA ASOCIACIÓN POR LA TOLERANCIA CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DEL VEINTICINCO ANIVERSARIO DE LA PUBLICACIÓN DEL MANIFIESTO DE LOS 2300
El día 25 de enero de 1981 un grupo de intelectuales, profesionales y trabajadores de Cataluña suscribieron un manifiesto, denominado de los 2300 por ser éste el número de sus firmantes, en el que se denunciaba y se advertía, por primera vez, sobre la pretensión de convertir al catalán en una única lengua oficial de hecho en Cataluña.
Veinticinco años después, las premoniciones del manifiesto se han visto confirmadas. Hoy, el gobierno tripartito, al igual que sus antecesores, han hecho de la lengua catalana el signo de identidad máxima de Cataluña y el sustento en que se pretende apoyar la "nación" que en el proyecto de Estatuto se quiere reconocer. Es así, que el catalán ha devenido la única lengua de las Administraciones, de la enseñanza y de los medios de comunicación públic os, y que la coacción administrativa -a través de sanciones y con el fomento de la delación- intenta convertir en reos a aquellos que defienden la libertad de lenguas.
Lamentablemente, el proyecto de Estatuto de Autonomía agrava la situación, al incorporar al bloque constitucional el deber de conocer el catalán, hacer del catalán la lengua vehicular de enseñanza y la única lengua de la Administración catalana y levantar una barrera idiomática entre los propios catalanes y entre los catalanes y el resto de los españoles.
Nada convida al optimismo y por ello desde la ASOCIACIÓN POR LA TOLERANCIA nos vemos en la obligación de recordar el último párrafo de aquel manifiesto que permanece plenamente vigente:
"Mientras no se reconozca políticamente la realidad social, cultural y lingüísticamente plural de Cataluña y no se legisle pensando en respetar escrupulosamente esta diversidad, difícilmente se podrá intentar la construcción de ninguna identida d colectiva. Cataluña, como España, ha de reconocer su diversidad si quiere organizar democráticamente la convivencia. Es preciso defender una convcepción pluralista y democrática, no totalitaria, de la sociedad catalana, sobre la base de la libertad y el respeto mutuo y en la que se pueda ser catalán, vivir enraizado y amar a Cataluña, hablando castellano. Sólo así podrá empezarse a pensar en una Cataluña nueva, una Cataluña que no se vuelque egoísta e insolidariamente hacia sí misma, sino que una su esfuerzo al del resto de los pueblos de España para construir un nuevo Estado democrático que respete todas las diferencias. No queremos otra cosa, en definitiva, para Cataluña y para España, que un proyecto social democrático, común y solidario."
En Barcelona, a veinticinco de enero de dos mil seis.
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