Estaremos de acuerdo en que el rey Juan Carlos dijo en su discurso navideño que España es una gran nación, que los cambios legislativos importantes deben consensuarse entre el Gobierno y la oposición, y que hay que reducir la tensión entre los principales partidos.
Sintetizando: que para gobernar la gran nación que es España, el PSOE y el PP tienen que ponerse de acuerdo.
Sorprendentemente, el PSOE y sus aliados nacionalistas y secesionistas han dicho que el discurso de Juan Carlos I les parecía correcto y que concordaba con sus proyectos de transformar el país sin admitir las advertencias del PP.
Lo que indica que el discurso real no tiene nada que ver con los reales discursos de la alianza gubernamental, porque ésta hace exégesis interesadas de las palabras del monarca sin seguir para nada sus recomendaciones.
El Gobierno sigue adelante a toda máquina con sus planes, aunque alabando simultáneamente el discurso real, cuyas palabras, varios días después, ya no son lo que quiso decir, sino las que otros presentan.
Y como el Rey solo habla una vez, y ellos muchas, y por diferentes bocas, la ciudadanía se olvida del sentido de lo pedido por la Corona y termina creyendo la interpretación de quienes ostentan el poder.
Esta actitud parece indicar algo novedoso: que el Rey podría haber dejado de ser la figura que antes se escuchaba atentamente y cuyas reflexiones se discutían entre unos y otros.
Ahora, se le da la razón y se alaba su buen criterio, pero no se sigue para nada lo que él señala como vehículo para mejorar la convivencia.
Atentos, pues: están haciendo con el Rey como con esos abuelitos que dan consejos que nadie sigue, aunque se les agradezcan sonoramente y con gran cortesía.
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