La Falange comenzó a declinar en España cuando el Eje perdió la II Guerra Mundial, en 1945, igual que los nacionalismos deberían decaer si ETA resulta derrotada.
La influencia doctrinal de la Falange, mezcla de nacionalismo y filoizquierdismo comenzó a ser relevada lentamente por la tecnocracia vinculada al Opus Dei, cuyo triunfo definitivo se produjo en los años 1960: así nació una derecha conservadora franquista, pero también evolucionista, ajena al populismo marcial, alegre y pendenciero joseantoniano.
Los restos de la eclipsada Falange se dividieron en dos facciones: la romántica, que mantuvo cierta fidelidad a la ideología original, y otra más oportunista que se readaptó al franquismo y que tuvo como vanguardia minoritaria, pero influyente, a los Guerrilleros de Cristo Rey.
Numerosos militantes de rama la romántica se adhirieron a la actual izquierda, tanto socialista como comunista, cuando descubrieron que su ideología ya no tenía futuro. Personajes como Dionisio Ridruejo. O como Julio Anguita y Haro Técglen, cuyo discurso nunca fue comunista, sino ocultamente falangista.
La otra facción se caracterizaba, sobre todo, por su nacionalismo español y su antiamericanismo, aunque presentara alguna excepción como Aznar, exfalangista pronorteamericano.
Parte de los falangistas o de los falangistas vocacionales que corresponderían a esta segunda facción, decepcionados porque España nunca llegaría a ser un destino en lo universal, como propugnaba José Antonio, viraron hacia el independentismo radical en las comunidades llamadas históricas, soñando con controlar nuevos imperios, aunque sean mínimos.
Ejemplo: entre los “escamots”, matones de ERC, los nuevos Guerrilleros de Cristo Rey del nacionalismo catalán, hay conocidos dirigentes exfalangistas.
Los etarras son como estos Guerrilleros, aunque más agresivos. Si caen derrotados, como la Falange tras el hundimiento del Eje, los nacionalismos perderán poder e influencia.
Por eso es erróneo que el Gobierno ZP le pida armisticio a los terroristas, algo que nunca hicieron los Aliados con Hitler: se limitaron a vencerlo sin piedad.
Por su parte, los verdaderos Guerrilleros de Cristo Rey que aún quedan están vigilados por las distintas fuerzas de seguridad del Estado. Podrían cometer cualquier crimen, pero no cuentan con la simpatía de grupos políticos cercanos al poder, o que ya lo ejercen, y por eso son menos peligrosos.
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