Presentamos al presidente boliviano electo, Evo Morales, solamente como un indígena hostil a EE.UU. y admirador de Fidel Castro y de Hugo Chávez, pero no analizamos las consecuencias de su proyecto de que los bolivianos vuelvan a cultivar y consumir sin restricciones coca.
Lo que le creará un grave problema a los países ricos: aunque Morales asegure que perseguirá el narcotráfico, es inevitable que a mayor cantidad de hoja de coca en el mercado, mayor producción y menor precio de la cocaína.
Buena parte de la droga suramericana procede de la hoja boliviana que sobrevive aún a las campañas de destrucción del ejército del país, y que vuela en avionetas a Colombia para su refinado.
Cuando sea incontrolable en número de plantaciones sobrará Colombia, y Bolivia volverá a esconder innumerables laboratorios de procesado final.
Pero el problema para los bolivianos será mayor: la coca hace del cocalero, mientras dura su corta vida, el perfecto esclavo o siervo del poder. Quienes mastican hoja seca de coca con cal, prácticamente sin alimentarse, pierden la sed, el hambre y, sobre todo, el pensamiento creativo.
Lo que con los incas servía solo para ceremonias religiosas, que durante la colonia española se restringía, y que desde hace muchos años venía reduciendo su consumo, volverá a recuperarse entre, por lo menos, cinco millones de los casi nueve millones de bolivianos.
La coca no es adictiva ni estimulante como la cocaína; al contrario, el consumidor se vuelve persona de pensamiento lento, permanentemente desmotivada, abandonada, avejentada.
Aporta vitaminas y fuerzas, y su consumo comedido aparentemente no daña, pero provoca esa pereza intelectual que muchas veces es la principal causa de la pobreza de quienes la consumen: mal futuro trae el cocalero Evo bajo disfraz izquierdista para recuperar supuestas esencias indias.
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