Deberíamos preguntarnos cuántos chicos y chicas de distintas zonas de España habrían sido capaces de hacer lo mismo que los tres quinceañeros asesinos detenidos este fin de semana en Barcelona después de que bañaran en gasolina a una indigente, le prendieran fuego y la asaran viva.
Antes de morir, la mujer gritaba de dolor y terror comida por las llamas, y los muchachos, de familias de clase media, festejaban su aventura, que ya habían iniciado algunas horas antes dándole una horrible paliza a la mujer.
Actualmente hay demasiados jóvenes terroristas educados en supuestas superioridades que se ensañan con los más débiles o con los políticamente incorrectos.
Y sus padres, cuando reciben quejas de su conducta, se irritan no con ellos, sino con quienes no comprenden que esas son cosas de chicos.
No quieren saber que la maldad, la bondad, la honradez o el deshonor se cultivan en la familia; y los educadores escolares, privados de autoridad, se desentienden ya de todo compromiso para evitarse problemas.
Y si alguno se queja excepcionalmente de la maldad de un alumno, sus padres lo denigrarán judicial y socialmente. Incluso, políticamente. Por eso, ya no quedan profesores estrictos, a los que fácilmente se acusa de conservadores o incluso de fachas. Por eso, deben mostrarse como coleguillas que se tratan de tú con los alumnos.
Ahora, para sobrevivir en la enseñanza pública los profesores son muy cuidadosos: políticamente correctos, obedecen mansamente normas de tolerancia progres, que son vacuidades falsamente progresistas. Saben que demasiados padres denunciarán como franquista cualquier propuesta de castigo para sus hijos.
Los padres y los abogados de los asesinos culparán del crimen a la sociedad, a los juegos electrónicos, a los nuevos hábitos. Tratarán de evadir su responsabilidad y de justificar la comodidad de su vida, que no se centró en que sus hijos tuvieran códigos y que estimuló que se volvieran aberraciones.
Aunque también es llamativo que en las partes de España donde se cultivan signos identitarios se estén creando numerosos grupos sociales que se creen superiores, que se autoidentifican con algúnos apellidos, en el uso ostentoso y competitivo de algún idioma regional o en la pertenencia a alguna capa social.
Creerse parte de la élite étnica y formarse sin control ni reproche moral alguno fabrica monstruos nazis como los tres barceloneses que vieron en la indigente a un ser inferior, débil, despreciable, indigno de pertenecer a su mundo confortable y patrióticamente autosatisfecho.
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