Los descendientes de inmigrantes africanos que durante un mes organizaron disturbios en las ciudades francesas estaban expresando odio hacia el espíritu del país, desprecio hacia su racionalismo, y racismo contra lo que representa la Europa de la que ya son ciudadanos.
Una animadversión opuesta a las esperanzas que llevaron a emigrar a Francia a sus antepasados, padres o abuelos, que mayoritariamente conservaban el recuerdo familiar de sus primitivos pueblos originales que avanzaron repentinamente millares de años gracias a los europeos.
Estos nuevos rebeldes son jóvenes involucionistas y bárbaros. Destruyen el país de la Revolución, creador de los Derechos del Hombre, que erradicó el hambre, universalizó la enseñanza y la sanidad, y que participó en la creación de la “sociedad del bienestar”.
Gracias a ella, esos muchachos que viven sin trabajar, subvencionados con fondos estatales, tienen tres únicos objetivos que ellos mismo proclaman: fornicar, el hip-hop y destruir. Dicen que nadie quiere darles trabajo: es que con sus costumbres, amor a las drogas, rufianismo, irresponsabilidad, incluso higiene personal y falta de respeto hacia los demás, nadie puede confiar en ellos
Debe decirse la verdad, aunque sea políticamente incorrecta, como recuerda el filósofo realmente progresista, el pensador francés que mejor evolucionó desde 1968, Alain Finkielraut: son un magma, una bomba de rebuscada ignorancia, nihilismo, machismo, ablaciones de clítoris, poligamia, medioevo islamista, emotividad primitiva y odio al racionalismo.
Sus motines representan la vuelta a la violencia y a los ritos tribales de la caza en hordas. Y se diría que, igual que los bárbaros destruyeron la gran civilización romana y los musulmanes arrasaron la exquisita Bizancio, los nuevos bárbaros odian también a lo que representan Grecia, Roma, el judeocristianismo y el racionalismo.
Entre tanto, los europeos políticamente correctos, de pensamiento fácil, débil y poco reflexivo, se sienten culpables de los actos de sus antepasados, conquistadores de los pueblos de los que descienden estos jóvenes bárbaros. Olvidan que en muchos casos los sacaron de la edad de piedra y de la antropofagia.
Los europeos actuales no son culpables de los actos de las generaciones anteriores, sino solo de no haberse empeñado rigurosamente en conseguir que los retoños de inmigrantes se integren y crezcan en los cánones de la sociedad racionalista para que no vuelvan al tribalismo y no sean racistas antieuropeos.
Y este fracaso es el que crea y alimenta a la ultraderecha racista, que está feliz con estos motines. Solo porque no se supo mantener una sociedad bien organizada y disciplinada, de acuerdo con los Derechos del Hombre, pero también con sus obligaciones.
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