José Blanco, el secretario de organización del PSOE, le llama Esperancita a Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, que es como si usara para Maragall su nombre infantil de Pascalín, o si recordara que Zapatero era Pepín Luisito, como le llamaban en su colegio religioso de León.
José Blanco tiene motivos para estar enfadado con la señora Aguirre, que se refiere a él como Pepiño Blanco, apelativo que le crearon los periodistas de Madrid para minusvalorar al joven diputado que fabricó el Golem de ZP, viniendo él mismo desde un desconocido pueblo gallego --donde, por cierto, lo conocen como Pepe Blanquito--. Los periodistas madrileños querían presentarlo como a una mezcla Bruxo de Aldea, Pepito Grillo y Repelente Niño Vicente.
¡Jo con Pepiño!, decían los periodistas ante este político sin miedo, que se expresa con enorme seguridad en si mismo, seguramente porque maneja encuestas favorables a sus proposiciones políticas.
Como José Blanco logre algún éxito frente a socialistas catalanes y vascos, echados al monte nacionalista, será más poderoso aún que su antecesor Alfonso Guerra. Le llamarán Don Pepiño Blanco. El Don que se le otorga al caballero vencedor del dragón.
Esperanza Aguirre, Esperancita, tampoco es causa menor. Abogada, políglota, ambiciosa, aristócrata, jugadora de golf casi profesional, y riquísima. Tiene ideas claras, verbo rápido, y Madrid va bien.
Para oscurecer sus esperancitas de alcanzar la presidencia del Gobierno español hay que resaltar sus errores expresivos o inventarle leyendas, como que dijo Sara Mago por Saramago, por ejemplo.
Lo mismo que José Blanco es peligroso para el Partido Popular, y que por eso hay que rebajarlo llamándole Pepiño, Esperanza Aguirre es temible para el PSOE y hay que denigrarla diciéndole Esperancita.
Esperancita de Madrid, Pepiño de Lugo, Pepín Luisito de León, Pascalín de Barcelona o Marianín de Pontevedra: ¡cuánto mandan estos condenados chiquillos!
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