Observe usted numerosos quioscos de prensa: verá que junto a los tebeos, a la altura de los ojos de los niños, se exhibe pornografía. Acostumbrados a verla, ni siquiera la percibimos.
Hay un comic expuesto al lado de un personaje de Disney. Iguales colorines. Pero éste muestra a una adolescente desnuda jugando con sus genitales: es el manga japonés Hentai.
Desde muy pequeños, niños y niñas intuyen qué es el sexo. Una visión como la de Hentai es enervante. Les provoca desazón y una mala conciencia cuyo motivo desconocen.
Y aunque la excitación sexual sea natural y parte de la escuela de la vida, la que inspira el manga obedece a la explotación de un negocio que busca un ardor artificial, sucio, mercenario y adictivo.
Ese es el objetivo: tratar de que esas sensaciones se repitan y que el observador, el niño cuando pueda, o el adulto, se vuelvan consumidores compulsivos del humillante mundo de la pornografía, de la prostitución visual, de la degradación de la mujer, convertida únicamente en diversión sexual.
Al lado del manga se exhibe Lesbianas, con dos mujeres desnudas y textos alusivos, y Boyfriends, con hombres besándose; seguidamente Sex, con amplio catálogo de juguetes sexuales; Hustler, Penthouse, Revista del Hard.
También están otras publicaciones que exponen fotografías de jovencitas desnudas, que legalmente serán mayores de edad, pero que parecen niñas, como Cheri, Bizarre o Babysitter, que es la chica que cuida niños solos en casa, y cuya intención es inocultable: estímulo público de la pedofilia.
Quizás los 180 detenidos esta semana que divulgaban pornografía infantil por internet empezaron en los quioscos.
En los países del primer mundo estas publicaciones están en zonas no accesibles a los menores: España sigue perteneciendo en muchos aspectos cívicos y éticos al tercer mundo, incluyendo su falsa libertad para la pornografía callejera.
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