Va a ser difícil que elijan Madrid para organizar los Juegos Olímpicos de 2012: aparte de la valía de sus rivales, pierde posibilidades por el odio que sienten hacia esa ciudad, por ser la capital de España, demasiados españoles que no quieren serlo.
ETA pone bombas, como el sábado, en lugares relacionados con las áreas potenciales olímpicas madrileñas. Y como portavoz del antimadrileñismo, el líder de ERC, Carod o Pérez Rovira, con ese cainismo que históricamente tanto dañó al país, jura que hará lo posible en contra de la candidata.
Madrid no merece los Juegos, solo desprecio, dijo quien cogobierna España desde Barcelona.
Poco tiempo antes, con su reacción a los atentados islamistas del 11 de marzo de 2004, esa ciudad le había demostrado al mundo, y sin racismo, su moderna eficacia, civismo y solidaridad.
Debe recordarse: es el mismo escenario del 2 de Mayo ante los franceses, y el que resistió a Franco durante casi tres años de bombardeos y ataques diarios; como no hizo ninguna otra localidad republicana.
Pero lo positivo de Madrid es que, además, representa ante el mundo a una España que compite hoy en bienestar, energía e instalaciones con territorios que antes estaban tan por delante que parecían de un planeta superior.
No hace ni medio siglo que Madrid y España eran miseria, pobreza y pequeñez frente a la grandiosidad de Nueva York, la hermosa severidad de Londres, la monumentalidad de París.
Hoy, la calidad de vida, de prestaciones sociales y de servicios públicos de numerosos lugares de España compiten, como Madrid, con esas ciudades que son sus principales rivales para los JJ.OO. de 2012.
Pero Madrid afronta, como no tuvo que hacerlo Barcelona al enfrentarse a su candidatura olímpica, a algo peor que el cainismo terrorista: lucha contra una hostilidad sorda, oscura y vengativa de gentes acomplejadas que presentan ante el mundo la imagen de una capital española odiosa y antipática.
Sin darse cuenta de que Madrid somos todos, porque esta ciudad acogedora y abierta a quienes nos plantamos en ella, vengamos de donde vengamos, es la suma del carácter de los habitantes de todas las Españas, como decían en el Siglo de Oro.
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