Al iniciar su carrera los jueces no siempre poseen el sentido común que adquieren tras una larga experiencia: cuando ya son veteranos, muchos reconocen que el Estado les concedió prematuramente jurisdicción sobre casos que requerían décadas de práctica previa.
Quizás sea por eso que el joven magistrado de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz ha emitido en contra del criterio de sus colegas más curtidos un auto de sobreseimiento por pertenencia a banda armada del etarra José Ignacio de Juana Chaos, a punto de ser excarcelado.
De Juana, que cumplió solamente 18 de sus casi 3.000 años de condena por 25 asesinatos, festejaba en prisión y por escrito todo nuevo crimen de ETA. Frente al criterio de magistrados más experimentados, Pedraz no ve delito en esos hechos.
Este caso se suma al de numerosos jueces jóvenes que creen fervientemente en la bondad humana y que tratan de aplicar la interpretación más favorable para que los reos cumplan mínimas condenas.
A esta cándida aplicación de las leyes se suma que la propia legislación está elaborada con el buenismo de lo políticamente correcto: así, vemos a asesinos en serie en la calle pocos años después de ser juzgados y condenados a decenas, si no centenares, de años de prisión.
La lenidad de la justicia y la de los jueces que se creen ungidos de santidad, provocando el martirio de los inocentes ciudadanos, estimula las ansias vengativas de mucha gente común.
Como es el caso de esa mujer que hace unos días abrasó espantosamente con gasolina al violador de su hija adolescente tras verlo libre pocos años después ser condenado por esa agresión que destrozó física y mentalmente a las dos mujeres.
Hace reflexionar el que el pacífico vecindario aplaudiera la venganza de esa madre.
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