Hay un inevitable imperativo histórico: quien tenga la bomba atómica nunca volverá al hacha de sílex, y quien posea la bomba genética nunca más permitirá que la fortuna rija el nacimiento de algunos seres humanos.
Los creadores de la primera bomba atómica sabían que era el artefacto más criminal de la historia de la humanidad, pero la usaron para acelerar el final de la II Guerra Mundial y para desarrollar una forma de energía que en Francia, por ejemplo, genera ya el 80 por ciento de la electricidad.
La ausencia de ética permitió lanzar dos bombas que mataron en agosto de 1945 a 600.000 personas en Hiroshima y Nagasaki. Se abandonó todo respeto a la vida humana para acabar una guerra y conseguir energía.
Una decena de países, por lo menos, posee hoy esa bomba capaz de extinguir a la humanidad, y dentro de cien años podrán tenerla hasta los niños.
La tecnología de un arma, una vez que se demuestra útil, llega enseguida a todo el mundo. Desde la primera hacha de sílex hasta la última bomba H, y lo mismo ocurre con la bomba de la manipulación genética, tanto con embriones desarrollados como con células madre embrionarias, adultas o con lo que se desee.
Se terminará creando seres eugenésicos: como con la ruptura del núcleo del átomo para crear la bomba atómica, la del núcleo celular no tiene vuelta atrás, por muchas advertencias legales, éticas o religiosas que se emitan.
Creían en Dios muchos de los que construyeron la bomba atómica, y creen en Él parte de los que manipulan células. Sin graves problemas de conciencia religiosa.
Si la bomba atómica no los destruye antes, algunos grupos de humanos, presumiblemente los más poderosos, serán algún día seres eugenésicos, fabricados de acuerdo con la voluntad de sus diseñadores, sin enfermedades, con múltiples repuestos y quizás, solo quizás, con alma
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