Maragall y Carod salieron de gira internacional y consiguieron dar una atrabiliaria imagen de generalísimos caribeños salidos del realismo mágico.
Con gente así, España va apareciendo por el extranjero como una anárquica república bananera cuyos jefes regionales, con la entusiasta colaboración de los diplomáticos de Moratinos, imponen sus banderas autonómicas y expulsan la estatal. Como hizo en Israel la pareja catalana.
Reconozcamos que España no es una república bananera. Es un reino. Un reino bananero. Aunque reciente: con Felipe González infundía respeto por el mundo, y con Aznar aparecía como antipática; era una España soberbia y agria, como la del Siglo de Oro, pero que tomaban en serio porque era capaz de meterte una estocada hasta la empuñadura si la deshonrabas.
Ahora provoca el regodeo internacional con sus ingenuidades, enfrentándose a EE.UU., abandonando a los saharauis y a los disidentes cubanos, apoyando con entusiasmo a dictadores bananeros, perdiendo todo su peso en la UE, resucitando a ETA y permitiendo que los nacionalistas se presenten como independientes y exijan trato de jefes de Estado.
Es este Gobierno quien ha creado el caudillismo regional al renunciar a su capacidad de ejercer el poder ejecutivo: es ZP quien ha cedido las potestades exclusivas más importantes y decisivas de cualquier Administración para entregárselas en el Parlamento unos nacionalistas ególatras y egoístas.
ZP huye de la responsabilidad del mando. Por eso, mientras las fáciles decisiones populistas las toma él solo, para las difíciles compromete a esos caciques: cuando sus planes salgan mal responsabilizará a “las mayorías” lavándose las manos.
Ahora, el poder ejecutivo de ZP ya es solo consultivo. Y cada cabecilla de unos pocos votos manipula a esta España politribal, mientras exige prebendas para su alta función hortofrutícola, nacional e internacional.
Vale la pena: volvamos a ver la película Bananas, de Woody Allen.
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